De los romanos a la reconquista en Sigüenza
Texto recogido del libro "VIII Centenario de la reconquista de Sigüenza "
Por el Presbítero, Julián Moreno; 1922

Sabido es, que la Segontia celtíberica, tenía su emplazamiento en el cerro de Villavieja o de las Merinas, tendiendose la poblacion por las laderas de la Solana, hasta las orillas del río Henares. Enseñoreados los romanos de ella, erigieron, o más bien, reedificaron en la cumbre la acrópoli o fortaleza, cuyos resto todavía son visibles, tanto para dominar a los vencidos, cuanto para asegurar la Iibre comunicación de la gran vía romana que, partiendo de Emerita (Mérida) y teniendo por termino Cesaraugusta (Zaragoza), pasaba al pie de Segontia, paralela al río Henares.

SigüenzaSi como maestros en el arte de la guerra, los romanos se establecieron en Sigüenza, haciendo de ella, quiza, la mas importante ciudad desde Toledo a Zaragoza, erigiendola en su septima mansion militar de tan importante via, después, como raza mas culta y dada a los placeres, y ya en pacífica posesion del territorio, durante varios siglos, descendieron por las laderas de la Solana, a buscar en la vega la fertilidad de su suelo, construyendo en ellas sus quintas y palacios, entre el terreno qne media desde el ferrocarril al convento de Ursulinas.

Era de prosperidad fué esta para la ciudad. El hallazgo de notables ruinas, de monedas, lapidas y monumentos epigráficos nos certifican de ello. De aquella época data la fundacion de la Diócesis. Sabido es que al predicarse en España la religión católica, fueron erigidas las Sedes episcopales en aquellas ciudades de mayor importancia, donde residían los pretores, ciudades que venían a ser lo que hoy las capitanías generales.

Sigiienza tuvo entonces el privilegio de ser erigida Capital de un extenso Obispado, que todavía sigue, cuando tantos otros fundados en la misma época han desaparecido.
Hecho tan memorable hay que fijarlo en el siglo IV, o sea, en el tiempo que medio entre la conversión de Constantino y la irrupcion de los bárbaros.

LIegaba a poco el siglo V, siglo de las más grandes y desoladas invasiones, en que los suevos, alanos y vandalos penetraron en nuestra península, conquistándola a sangre y fuego y destruyendolo todo, hasta dejarla en la más terrible desolación. Entonces sucumbió la población de Sigüenza, lo mismo los restos de la que fué celtibèrica, arraigada en el cabezo de Villavieja, que de la romana que se había establecido en las frondas risueñas de la vega del Henares.

Apenas había cesado el estrépito de las armas y el horror de las matanzas y calientes aun las cenizas de los incendios, cuando un nuevo torrente de pueblos invade nuesrra Patria. Los godos, pueblo originario del Asia y procedente de las extremidades septentrionales de Europa, penetra en la Península, donde prevalece, fundando una Monarquía independientce, que subyugó y encauzó las invasiones anteriores.

Eran los visigodos un pueblo de religión arriana y mas civilizado que los anteriores barbaros, y establecidos en España, pronto se fusionaron con los hispano-romanos. A la llegada de los godos al territorio de Sigiienza, reedificaron la ciudad, trasladándola a la otra orilla del Henares, en la situación que actualmente ocupa. Los godos encastillados en la Fortaleza y los hispano-romanos en la parte inferior a orillas del río, cerca de fértil vega, fusionándose y consolidándose ambos pueblos, cuando Recaredo se convirtio al Catolicismo.

Esta conversion del gran Recaredo en el Concilio III de Toledo (ano 589) obró una verdadera revolución, transformando al pueblo, sustituyendo al godo el idioma latino, entablando entre godos y natu- rales una perfecta concordia, desempeñando los cargos y oficios a estilo romano, y sobre todo, siendo el origen de la unidad religiosa, que dió a la Iglesia y a la Patria, tantos días de gloria. Tan magno acontecimiento, señaló también para nuestra ciudad la data del Catalogo de los Obispos seguntinos, pues si bien hay indicios ciertos de que hacía dos siglos existía la Diócesis, no ha llegado hasta nosotros el nombre de Prelado alguno, hasta el mencionado Concilio, en el que confirma las actas Protógenes, Obispo de Siguenza.

SigüenzaA éste siguieron varios Obispos, que asistieron a los Concilios toledanos, que eran verdaderas asambleas polftico-religiosas en las que se ventilaban no sólo los asuntos aclesiásticos, si no que también se dictaban las leyes por las que se habia de regir el pueblo, hasta el reinado del desgraciado D. Rodrigo en que sucumbió el poderoso imperio fundado por los godos.
Vencedores los arabes en la batalla de Guadalete o de la Janda, gracias a la traición de los hijos de Witiza, se extendieron en feroz avalancha por todos los ambitos de la Península, sin que el pueblo español, tan amante de su independencia, tan indomable y guerrero en todas las épocas de la historia, se opusiera a aquella inexplicable conquista. Semejante hecho «de tejas abajo, como dice el P. Minguella, no tiene explicacion, y la historia no ha averiguado todavia las causas de aquel rápido vencimiento».

Entonces Sigüenza pasó por los rigores de las ciudades vencidas, y padeció las afrentas y agravios de vencedor, hasta que llegó la hora de su libertad, pedida y pretendida con ayunos, penitencias, oraciones y limosnas de los leales a Dios, verdadcro artifíce de la prosperidad y seguridad humanas.

¿Cuando cayó Sigiienza en poder de los árabes? Del detenido estudio de la invasión se desprende que debió tener lugar en el año de 713.

Muza y Tarik, los caudillos musulmanes, después de la toma de Toledo, emprendieron su expedición para subyugar el resto de España, expedición cuya primera parte terminó en Sigüenza, separandose entonces ambos generales, dirigiendose Tarik hacia las fuentes del Tajo, y Muza por tierras de Seutica y Salamanca, para volver a reunirse frente a los muros de Zaragoza. ***

El Lic. Torres Villegas encierra estas conquistas en el periodo de tiempo comprendido entre 711 a 715. Ch. Dreys les coloca en 712 con estas palabras: Muza y Tarik se avistaron en Talavera, se reconcilian de orden de su Soberano, y toman por hambre a Zaragoza, después de prevalecer Tarik en Sigiienza y Molina y Muza en Avila.

Es por tanto la fecha más exacta la del verano de 713, cuando los caudillos agarenos rindieron y tomaron la ciudad de Siguenza y el territono de su Obispado, avasallando a sus habitantes, esclavizandoles, haciéndoles víctimas de su opresion tiránica, imponiéndoles subidos tributos y sujetándoles a la odiosa capitación personal, en noche tenebrosa de mas dc 400 años. Desapareció entonces la grandeza de la Sigüenza romana y visigoda y de ciudad antes rica y populosa se convirtió en un mísero villorrio.

Todavía en la primera época de la dominación árabe, Sigiienza conservó relativa importancia, sonando su nombre en las crónicas sarracenas, que nos hablan de nuestra ciudad, refiriendo que «sometida por Tarik en su transito de las riberas del Tajo a las del Ebro Ie nombran Segontia o Secunda, y en las sangrientas guerras que precedieron al establecimiento de los omegas en Espana, figura como residencia del poderoso Samail, wali de Toledo, jefe de la fracción egipcia y sostén del gobernador Yusuf-el-jehri. Allí en su magnífico palacio, ofreció el walí pérfida hospitalidad a su enemigo Amer-ben-Amrú, quien advertido de la traicion durante la cena, por los alaridos de su comitiva, bárbaramente degollada en el patio, se le escapó abriendose paso con la espada; allí mismo fué preso Samail en 759 de orden del primer Califa Abderraman, temeroso éste de su inquicta ambición y poco confiado en su aparente sosiego.

Despues de este sangriento suceso, la decadencia de Sigüenza se acentua y pierde su importancia hasta el extremo de quedar reducida a una miserable y pequena aldea, dependiente de Medinaceli, aldea que cobijaba un punado de cristianos, reducidos al yugo de la servidumbre y penosa opresión de moros y judíos, pero sin perder la esperanza de su libertad, que alimentaban con sus atrevidas excursiones y algaradas, los reyes de Castilla.

Algunos cristianos, refugiados en las asperezas de los montes Asturias, fueron los que, pasados los primeros momentos de la invasion agarena, reaccionaron y decidieron aprestarse a la defensa, dando principio a la admirable epopeya de la reconquista de Espana, que, sin dar paz a la mano, había de durar cerca de ocho siglos, para terminal, clavando la Cruz de Cristo en los muros de Granada.

Conocido es el resultado de la batalla de Covadonga, donde las huestes de Pelayo destrozaron las del vali Al-Horr. De allí empezó palmo a palmo la reconquista del suelo patrio. Tuvo lugar tan magno acontecimiento en el ano de 718.

Las campañas de Alfonso I el Católico, Alfonso II el Casto, Alfonso III el Magno y las de Ordoño II, fueron altamente fructuosas para el país cristiano, llegando hasta las puertas de Sigüenza y apoderándose de Osma, Deza y Atienza; pues con tales excursiones ensanchaban las fronteras de sus estados y llevaban auras de aliento y esperanza a los oprimidos mozárabes.

Pero donde realmente aparece la aurora de la reconquista para el territorio seguntino fue en el reinado de Fernando I de Castilla.

Castillo de SigüenzaEste Monarca, príncipe valeroso y prudente, el año de 1090, en arriesgada expedición, llego a las riberas del Henares, y, entre otros pueblos, tomó a Sigüenza, haciendo tributarios a los moros, y preparando así la caída de Toledo, que había de llevar a cabo su hijo D. Alfonso.

Digna de mención y alabanza sera siempre la atrevida incursión que por tierras de esta comarca hizo aquel insigne guerrero llamado por sus proezas el Cid Campeador. Al frente de sus mesnadas, llevando el terror a todas las partes, rindiendo las más poderosas fortalezas y haciendo tributarios de Castilla a los reyes musulmanes. hizo suyas con toda verdad las palabras del Romancero:

Se va ensanchando Castilla
Delante de mi caballo.

En efecto, Rodrigo Díaz de Vivar, en unión de su pariente el famoso Alvar Fañez de Minaya, cruzando el Duero, entró en tierras, que componen la actual provincia de Guadalajara; por las sierras de Miedes bajo a Atienza, y por Robledo, Santamera y Huermeces se dirigió a Castejon de Henares, cuyo castillo tomo por sorpresa. Subió río Henares, con enseña alzada y se apoderó de Sigüenza, continuando su victoriosa excursión por tierras aragonesas, tomando después a Molina, cuyo rey moro hizo tributario.

Desgraciadamente aquello no era más que una algarada, por lo que Sigüenza volvió a gemir bajo el yugo musulmán, si bien sus habitantes cristianos debieron cobrar bríos y comprender se hallaba ya cercana la hora de su libertad.

Finalizaba el siglo XI cuando Alfonso VI, apaciguadas ya las sangrientas discordias, producidas por el desacertado testamento de su padre, reanudó la empresa de arrojar de la Península a los moros. El valeroso Monarca castellano, en cuatro campañas, igualmente gloriosas, tomo a Toledo, se apodero de la extensa zona limitada entre Duero y Tajo, y se hizo dueño, por lo que hace a nuestro objeto, de las fortalezas de Berlanga, La Riba de Santiuste, Medinaceli y Sigüenza.

Desgraciadamente estas plazas conquistadas no pudieron sostenerse, porque la invasión de los almorávides, obligó a Alfonso VI a abandonarlas y retroceder hasta Toledo, para preparar sus ejércitos, al propio tiempo que replegados los moros sobre la márgen del Tajo, mantenían sus avanzadas en las lomas de Torremocha, Algora y Mirabueno, y se habían apoderado del castillo de Villafrasosa (Aragosa), en las mismas puertas de Sigüenza.

Vemos como la invasión de los almorávides, famáticos berbenicos del Sahara, detiene nuevamente los avances de la reconquista de España y la liberación del territorio de nuestra ciudad; y unido esto la desavenencia entre D.ª Urraca y su marido el Rey aragonés D. Alfonso el Batallador, suspenden y aplazan las guerras contra los moros, atentos tan solo al aumento y consolidación de sus dominios.

Fué entonces cuando la iglesia salvó, como lo había hecho en otras ocasiones, los intereses de la Patria. Había sonado la hora señalada por Dios para el rescate de Sigüenza y aparece la grandiosa figura del hombre providencial, D. Bernardo de Agen, nombrado Obispo en los días de Alfonso VI. Reune el animoso caudillo sus hombres de guerra y se lanza a la conquista de la Capital de su Diócesis y de su territorio, empresa gloriosa que había de inmortalizar su nombre en los anales de la Historia.